—¿Te viniste? —le pregunté, jadeando, abducido por el deseo de comenzar el siguiente round.
—Estuvo rico —dijo, suspirando.
Súbitamente, di la vuelta y la tomé de las caderas con fuerza, tratando de practicarle el anal.
—No, no, ya fue suficiente —replicó.
Me escupí en la mano e intenté lubricar sus partes con el pulgar, pero eso fue suficiente para que se pusiera a gritar como loca y a tratarme casi como a un violador. Después de eso, me vestí rápidamente.
Al salir de su piso y siguiendo los preceptos, metí la mano en la chaqueta y cogí la tiza negra que me había dado el chino. «LILITH S. PROSCRIPTORES PECCATI», escribí con una sutil caligrafía en la puerta. Ya había dejado la señal y, aunque me hubiera gustado darle por culo, lo cierto es que tenía otras cosas que atender. Me parecía curioso que, pese a la fijación cabalística e incluso nórdica de la Orden, influida por el Adulruna de Johannes Bureus, tuviera que dejar la inscripción en latín. No le di importancia, pues lo importante eran los resultados que, sin duda, vería. O, al menos, eso era lo que creía.
Salí del edificio, sin apenas captar la atención del apático conserje, y me dirigí a la parada de autobús más próxima. Saqué un cigarrillo y lo fumé apresuradamente, era viernes por la noche, todavía no llegaba la madrugada y ya había hecho lo que tenía que hacer. Si el chino decía la verdad, en cualquier momento él se presentaría.
Los minutos pasaban, yo contemplaba el edificio desde abajo. Cuando ya casi no me quedaban cigarrillos, escuché una dulce voz llamándome la atención.
—Eh, sí. ¿qué pasa? – le respondí, confundido.
Era una petisa de cabello corto y negro, tenía los labios rojos y unos pómulos con margaritas que hacían resaltar sus ojos azules. Vestía de cuero y llevaba una especie de falda que emulaba un short. Sujetaba un cigarrillo de esos baratos con una de sus manos, con elegantes uñas negras. Reconozco que me sentí algo estimulado por su apariencia.
—Te conozco —dijo, acentuando su mirada y señalándome con el cigarrillo, casi de forma coqueta.
—¿Ah sí? —le respondí, sonriendo— ¿De dónde?
—Del foro —dijo con una risilla.
Esa respuesta me dejó confundido.
—¿Del foro? ¿De qué foro? —le pregunté, haciéndome el indignado.
—Está bien si no quieres responderme —dijo, mientras daba una calada— me llamo Leila, por cierto.
—Lucas —le dije, mientras sacaba otro cigarrillo y miraba de reojo al edificio, no había olvidado mi objetivo principal.
—¡Como el evangelista! —exclamó, no sin un cierto tono burlón.
—No vengas con tonterías… —dije, mientras buscaba fuego.
Pero, entonces, ella extendió su mano con un encendedor y me prendió el cigarro. En ese momento, observé que tenía tatuada la Monada Jeroglífica de John Dee.
Mis ojos fueron de su mano al resto de su cuerpo. La miraba de arriba abajo, era innegable que estaba buena, pero no lograba imaginármela en una posición como la de la venezolana de hace un rato. Sí, es bien sabido que las de Venezuela tienen buen culo y, ¡joder! ¡Qué gusto da someterlas! Pero no, esta otra chica era diferente. La tal Leila era la clase de hembra que me gustaría que me pusiera a sus pies, literal y figuradamente, mientras el ambiente se impregnase con humo de cigarro e incienso.
—¿Y? —sonrió— ¿Te gustó?
—¿El qué? –—pregunté, con una mirada que creí desafiante.
—La venezolana esa… —dijo balanceándose y riendo levemente.
Yo también reí, para luego dar una calada.
—¿Quién mierda eres? ¿no te parece que es muy tarde para que estés sola? —sonreí, tratando de intimidarla.
—Lo es —replicó con una mirada sugestiva.
Acto seguido, la chica se acercó de golpe hacia mi y pasó su mano suavemente sobre mi blue jean. No me dio chupetones, ni tampoco besos, pero tan solo sentir su aliento en mi cuello, deslizándose hacia mi oído, era suficiente para ponérmela dura.
—¿No te entregó el culo verdad? —susurró en mi oído.
Intenté mover el rostro para besarla, pero se alejaba con coquetería.
—¡Responde! —rugió, mientras me apretaba la nuca con una inesperada violencia.
Pero a mí eso me ponía más.
—No, no me lo entregó —susurré, sintiéndome tan humillado como excitado.
—¿Y no te gustaría… darme por culo a mí? —murmuró, acercando su rostro lentamente al mío, hasta quedar frente a frente.
Nos dimos un piquito y, enseguida, me guio a un callejón que había cerca de la parada. En aquel momento, yo ya estaba tan caliente que había olvidado por completo mi tarea principal.
Le subí la falda con avidez. No llevaba bragas y estaba completamente mojada. Se tocó levemente el ano y pude notar que se contraía con facilidad, estaba muy lubricado. Se la empecé a meter, empujándola contra la pared de ladrillos del callejón… su blando interior se sentía calido y estrecho, pero se contraía de una forma impresionante. Sus gemidos aumentaban más mi placer, ella se aferraba a mí con sus delicadas manos.
—Lléname…bien adentro… lléname —murmuró con un quejido.
Yo ya no podía aguantarme, comencé a darle empujones como un animal, con un frenesí que tan solo era amortiguado por la suavidad de su recto. Cuando me corrí, ambos emitimos quejidos de placer y satisfacción. Pero, cuando iba a sacar la polla, me percaté de que tenía un tatuaje en el coxis. Era una especie de green man, había visto varios de esos en el este de Inglaterra, pero este en particular no tenía el rostro completo, la nariz desembocaba en el recto, me recordó un poco a ciertas efigies de Lamashtú.
Yo estaba agotadísimo y sentía algo de dolor, pero ella se reincorporó rápidamente, palpando con su mano derecha la gotera que escurría entre sus nalgas. Mientras, yo me tendí contra la pared opuesta. Estaba suspirando, tratando de relajarme, pero sentía como si me hubieran extirpado el corazón. Entonces, con la mano de la Monada Jeroglífica, tomó mi mentón y, escupiéndome en el rostro mi propio semen, exclamó:
—¡Lilith, santa de los proscritos! ¡Proveedora del pecado! Crees que es un juego, ¿no? Maldito pedazo de mierda...
Me dio una patada en los testículos que me hizo caer al suelo, gimoteando.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —le dije, ahogándome en mi dolor.
Me levantó, haciendo gala de una fuerza descomunal, y me puso contra la pared, de golpe, metiendo cuatro dedos en mi boca para sujetar con ellos la parte inferior de mi mandíbula.
—¿Completaste el trabajo, vástago prematuro? ¡La reina de la noche no anda con bromas, maricón!
La chica me soltó, empujándome tan violentamente como me había agarrado. Me dejó muy aturdido, tenía la visión distorsionada, borrosa, y me dolían los maxilares. Me sujetó del mentón nuevamente, esta vez con más sutileza, y me ordenó:
—¡Ve a completar el trabajo, o Pater Thaumiel se divertirá con los hijos que derramaste dentro mí!
Comprendiendo el mensaje me levanté, abrochandome apresuradamente el cinturón. La gente de la calle ni siquiera me miraba, y eso que yo debía estar dando tumbos, pues estaba mareado y todavía tenía la visión borrosa. Supongo que me confundieron con un borracho del montón. Crucé la calle y llegué al edificio, encontrando al conserje casi dormido. Sin embargo, mi irrupción pareció ponerlo en alerta, pues se incorporó de golpe
—¡Eh! ¡¿A dónde vas?! —me dijo.
—¡Debo verla! ¡Debo asegurarme que esté fresca! —le espeté.
—¿De qué mierda hablas? —dijo para luego hacer un gesto con las manos y seguir durmiendo.
Seguramente él sí estaba borracho.
Fui subiendo las escaleras todo lo rápido que pude, con dirección al piso de la zorra venezolana. Pero ya era demasiado tarde. Yo bajé la guardia y él ya había llegado.
Estaba sentado a un lado del piso, como si fuera su guardia. Era alto, me evocó la imagen mental de un golem
. Daba la impresión de que estaba escuálido, pero lo compensaba con una altura que lo hacía resultar imponente. A su lado, había una pequeña mesa con una taza de porcelana, él individuo estaba tomando un líquido negro, que deduje que era té. Desde un primer momento, pude sentir que él era consciente de mi presencia, que me acechaba. Y mi sensación de malestar se acentuó aún más cuando me dirigió la mirada, con unos ojos vacíos y blancos, que contrastaban con la oscuridad del azul de su piel, cuyos relieves recordaban al pellejo de un pavo. No pude evitar pensar que era como si sus mejillas fueran un escroto lánguido, acompañado de esa escueta nariz fálica. Sea como sea, de algún modo parecía hacer juego con su traje de Prada.